miércoles, 31 de agosto de 2016

En la cafetería

El verano empieza a despedirse ya a principios del mes de agosto para dar paso a un otoño de mil colores, que empieza ya a alargar sus brazos para agitar al son del viento los árboles que empezarán así a desnudarse para encarar el largo y frío invierno.
Para alguien que creció allá cerca de las columnas de Hércules, resulta interesante y pintoresco ver el paso de las estaciones en la más clásica de las definiciones.
Y precisamente en estos primeros días del mes agustino empieza a disminuir claramente el número de estudiantes en el campus universitario friburgués. Termina el semestre en la universidad en la vieja y pintoresca ciudad de Friburgo de Brisgovia, ciudad en el  suroeste alemán, que goza de un clima privilegiado de sol y bonanza climática que garantiza el buen madurar de la uva y el buen humor de sus gentes.
Debido a mis todavía presentes hábitos meridionales, tiendo a estar mucho tiempo en la cafetería de la Universidad para ver pasar la vida y reflexionar acerca de lo que fue, de lo que es y de lo que será. Resulta a menudo sorprendente reconocer caras, sonrisas y gestos que nunca antes había visto, pero que me resultan tremendamente familiares. Ahora por ejemplo, reconozco aquí a mi izquierda, la ilusión y la entrega sin límites de la chica que mira con emoción a su enamorado, allí enfrente intuyo la incertidumbre y soledad del chico que mira con aire preocupado su taza de café, y al lado de la puerta, la mirada melancólica del sexagenario que observa pensativo todo lo que le rodea. Como la vida misma pasan los personajes del teatro del mundo en el que todos somos partícipes y que se repiten en las distintas latitudes con escalofriante similitud; las mismas figuras podríamos volver a encontrarlas en las Ramblas de Barcelona, en la Gran Vía madrileña, en los Campos Elíseos de París o en la Gran Manzana de Nueva York,  sólo estaríamos cambiando el decorado.
Así que sigo saboreando el café con leche y me propongo a leer el artículo sobre la sofística griega, cuando veo entrar a dos chicas de ojos rasgados que se apresuran con celeridad oriental, es decir sin excesos, a ocupar la mesa de la pareja de enamorados que, sin advertirlo y perplejo, observo que está vacía.
Las chicas se sientan y sacan al unísono un artefacto con teclas y una pantalla luminosa que lo mismo podía ser un ordenador, un teléfono o un reproductor de música. Probablemente lo sea todo a la vez. Se colococan un auricular (que no dos) y comienzan a teclear sin pausa. Después de sopesar el sentido de sentarse juntas, lo primero que me planteo es adivinar el país de origen de las orientales. La simplicidad europea me inclina a pensar en la clásica disyuntiva  China-Japón , cuya solución antes no era un problema. La moda occidental o la posesión de instrumentos digitales, dígase cámara de fotos, caracterizaba al japonés frente al del país comunista.
Hoy ya no es así, ya que los chinos que nos visitan se han occidentalizado de tal manera, que hacen la distinción con el nipón complicada.
Tras un sorbo de café y un par de páginas en la lectura, ya con Protágoras, observo que ahora sólo hay sentada una oriental que teclea con paciencia, esperando alguna respuesta que le permita continuar la correspondencia. La compañera vuelve a aparecer en escena, ahora con dos vasos de agua caliente y sobres de infusión. Se sienta y susurra algo que su interlocutora responde con una sonrisa dulce y cómplice.
Sigo leyendo y me tropiezo con una cita del primer sofista que dice así: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son”. Empiezo a darle vueltas al asunto y me doy cuenta de que pierdo el horizonte filosófico: ¿a qué se refiere Protágoras con “el hombre”? ¿al colectivo humano o al individuo? ¿hemos construido la realidad que nos rodea a nuestra medida? ¿O somos producto resultante de una realidad prefijada y caprichosa?
Como no llego a ninguna conclusión, como suele pasar en filosofía, fijo mi atención en mis vecinas que ahora si conversan fluidamente aunque siguen con el auricular puesto. Hablan bajo y no logro oir más que susurros y sonrisas. Deben de estar viviendo un momento dulce, me dije.
Sigo sin comprender a Protágoras y busco un ejemplo práctico a mi alrededor: ahora me encuentro en la cafetería de una universidad que conozco y que relaciono personalmente con cierta red de sentimientos y objetos: por ejemplo descanso, relax, café. Para otros, la cafetería puede ser un espacio relacionado con otros sentimientos o valores que no tienen nada que ver con los míos y que influyen considerablemente en la percepción del mismo habitáculo. Por ejemplo, para la pareja de enamorados podría ser una isla de felicidad entre seminario y seminario, para el chico solitario y triste de enfrente, quizás un lugar donde tomar la decisión que cambie el rumbo de su vida y para el sexagenario a su lado un lugar donde ajustar las cuentas consigo y con su pasado.  Para las orientales quizás sea un lugar lejano que recordarán con nostalgia y con una sonrisa en los labios. Inmerso en estos pensamientos sigo reflexionando y me pregunto si el ser humano es capaz de reconocer la realidad como algo objetivo y absoluto que sea válido para todos en la misma “medida”, es decir una cafetería abstracta y estéril. Vierto una mirada a mi alrededor y observo ya con familiaridad a las orientales, al joven de enfrente, al sexagenario y al flujo de jóvenes que entran en el mismo escenario con un sinfin de  nuevas vidas y  percepciones que ofrecer. Bebo el último sorbo de café y me digo categóricamente: la verdad absoluta y objetiva de la realidad no es alcanzable para el ser humano...pero ni puta falta que hace.