martes, 24 de mayo de 2016

El anillo ( o la otra Venus de Ille)



El brillo vítreo azulado, profundo y misterioso de la piedra se le astilló en el corazón. Era la réplica pétrea de la pupila de su amada. El destello índigo y regio del precioso zafiro incrustado en el centro de la delicada lámina de oro enaltecía el anillo en medio de la jungla de piedras preciosas. Nunca fue una compra tan breve.

Salió rápido, casi sin despedirse de los empleados del lujoso establecimiento y  corriendo eufórico puso rumbo a su hogar para ultimar los preparativos del gran día. Tal fue su apresuramiento que decidió cruzar el parque botánico, a pesar de que empezaba a oscurecer.

El parque, como otros muchos parques de países con tradición colonial, era una bella exposición de árboles y plantas exóticas que había conseguido adaptarse al clima europeo. La luz rojiza de un sol cansado,  caía sesgada  desde el horizonte  dando un toque mágico al imponente  bosque artificial.

Luis de Guzmán andaba rápido a través del paisaje arbóreo, cuando atónito observó un majestuoso baobab africano que bajo la proyección de la luz crepuscular le pareció desproporcionado, irreal. Curioso contempló con asombro la belleza insólita que le rodeaba, hasta que su mirada, se posó en el blanco marmóreo del espectro que presidía el recinto.

El joven se asombró de la belleza de la estatua, nunca le había llamado la atención antes, pero en ese anochecer parecía haberse transformado todo, lo conocido pasaba a ser desconocido, lo evidente, fantasía.   La figura le pareció  en extremo delicada y frágil, la palidez de su mármol resaltaba el bello clasicismo que desprendía. La escultura inclinada se mostraba grácil  y parecía tremendamente ligera a pesar del pesado mármol. En elegante posición extendía levemente su  mano derecha abriendo sus delicados dedos como si algo de suma delicadeza intentara posarse en ellas. El rostro juvenil de alguna eterna diosa mostraba una mirada ausente, universal, imprimiendo  una ausencia de sentimientos,  o quizás, todos a la vez.

El conde de Guzmán observó durante unos minutos el rostro delicado de la escultura y preso de su belleza acarició con mucha ternura la fría mejilla hasta llegar a la comisura de los labios. Fue entonces cuando sintió  un escalofrío que le atravesó el cuerpo de punta a punta. Asustado se retiró bruscamente y confuso observó con detenimiento la figura. Una carcajada sarcástica le invadió e intentó convencerse  a sí mismo de que el nerviosismo de la inminente boda lo estaba volviendo loco y que tenía que calmarse y volver a casa.

Se propuso volver cuando un oscuro pensamiento invadió su raciocinio. Sacó de su bolsillo la elegante cajita donde reposaba el valioso anillo y lo sacó con mucho cuidado. El joven se acercó de forma ceremoniosa a la imagen marmórea. Con cierta sorna, reverencial y burlón  encajó el anillo en el largo y pálido dedo anular de la efigie, simulando lúgubremente lo que pocas horas después acontecería en el altar con su amada.

Cual fue su sorpresa cuando en vano intentó sacar el anillo del delicado dedo. Nervioso empezó a tirar del anillo con brusquedad, incluso temiendo partir el delicado mármol.
Incrédulo, confuso y enfadado por su propia estupidez, decidió marcharse y enviar al amanecer a un criado que lograse sacar el anillo con alguna sustancia lubricante para liberar al precioso zafiro de su prisión marmórea.

Fue el día más feliz de su vida. La ceremonia religiosa había consumado el enlace: la mano de Inés le había sido dada por su padre el viejo Conde de Niebla;  ahora además de poseer una de las fortunas más grandes de España, poseía a una de las bellezas más singulares del territorio peninsular.
Después de la suntuosa cena, el baile y un sinnúmero de compromisos familiares, el joven recién casado se tomó un respiro en el balcón del palacio para fumarse un cigarrillo y airearse de todo el tumulto nupcial.

Fue entonces cuando volvió a acordarse del anillo y de su absurda pérdida. Recordó las palabras entrecortadas y jadeantes del criado, que le aseguraba entre mil disculpas que el dedo de la estatua no estaba extendido como él mismo le describió, sino encogido, y la mano no era más que un puño cerrado que aprisionaba el anillo precioso. La presencia policial en el recinto lo contuvo de romper el mármol. Apresurado por el tiempo fue a la joyería para comprar el anillo que más se asemejara al original.

Eso ahora no importaba, el falso anillo había cumplido su función y esta historia absurda no debía ensombrecer el día más importante de su vida. Apuró el cigarrillo, sacó el reloj de bolsillo y con una mueca de felicidad se apresuró a buscar la piel tersa y dulce de la recién casada.   

Al amanecer, un estremecedor  ruido de sirenas invadió la vieja ciudad de Niebla. Un viejo comisario de policía se ajustaba el cinto antes de salir ante los medios de comunicación que como hormigas se amontonaban tras la rejas de la mansión de los condes. Con una voz tranquila y clara, de oficio, confirmó la aparición de los cuerpos sin vida de los recién casados,  Luis de Guzmán e Inés de Niebla.

El ruidoso murmullo de los periodistas enmudeció al comisario que paciente esperó hasta que un hilo de calma le permitió continuar para añadir de que habían sido brutalmente golpeados con algún objeto pesado. Dicho esto y cumpliendo con su obligación se giró dispuesto a irse cuando un periodista entre la multitud preguntó curioso si habían detenido a algún sospechoso.

El comisario se giró tranquilamente y tras dudar un instante añadió que había un sospechoso,  un empleado de la casa que parecía haber enloquecido en el interrogatorio al relacionar en una historia perturbada, el anillo ensangrentado que apareció delante de la cama con una estatua de mármol.


Haciendo un mueca burlona y ajustándose el chaleco, el comisario se dio la vuelta para perderse en la niebla del jardín de la mansión de los Guzmán.