miércoles, 31 de agosto de 2016

En la cafetería

El verano empieza a despedirse ya a principios del mes de agosto para dar paso a un otoño de mil colores, que empieza ya a alargar sus brazos para agitar al son del viento los árboles que empezarán así a desnudarse para encarar el largo y frío invierno.
Para alguien que creció allá cerca de las columnas de Hércules, resulta interesante y pintoresco ver el paso de las estaciones en la más clásica de las definiciones.
Y precisamente en estos primeros días del mes agustino empieza a disminuir claramente el número de estudiantes en el campus universitario friburgués. Termina el semestre en la universidad en la vieja y pintoresca ciudad de Friburgo de Brisgovia, ciudad en el  suroeste alemán, que goza de un clima privilegiado de sol y bonanza climática que garantiza el buen madurar de la uva y el buen humor de sus gentes.
Debido a mis todavía presentes hábitos meridionales, tiendo a estar mucho tiempo en la cafetería de la Universidad para ver pasar la vida y reflexionar acerca de lo que fue, de lo que es y de lo que será. Resulta a menudo sorprendente reconocer caras, sonrisas y gestos que nunca antes había visto, pero que me resultan tremendamente familiares. Ahora por ejemplo, reconozco aquí a mi izquierda, la ilusión y la entrega sin límites de la chica que mira con emoción a su enamorado, allí enfrente intuyo la incertidumbre y soledad del chico que mira con aire preocupado su taza de café, y al lado de la puerta, la mirada melancólica del sexagenario que observa pensativo todo lo que le rodea. Como la vida misma pasan los personajes del teatro del mundo en el que todos somos partícipes y que se repiten en las distintas latitudes con escalofriante similitud; las mismas figuras podríamos volver a encontrarlas en las Ramblas de Barcelona, en la Gran Vía madrileña, en los Campos Elíseos de París o en la Gran Manzana de Nueva York,  sólo estaríamos cambiando el decorado.
Así que sigo saboreando el café con leche y me propongo a leer el artículo sobre la sofística griega, cuando veo entrar a dos chicas de ojos rasgados que se apresuran con celeridad oriental, es decir sin excesos, a ocupar la mesa de la pareja de enamorados que, sin advertirlo y perplejo, observo que está vacía.
Las chicas se sientan y sacan al unísono un artefacto con teclas y una pantalla luminosa que lo mismo podía ser un ordenador, un teléfono o un reproductor de música. Probablemente lo sea todo a la vez. Se colococan un auricular (que no dos) y comienzan a teclear sin pausa. Después de sopesar el sentido de sentarse juntas, lo primero que me planteo es adivinar el país de origen de las orientales. La simplicidad europea me inclina a pensar en la clásica disyuntiva  China-Japón , cuya solución antes no era un problema. La moda occidental o la posesión de instrumentos digitales, dígase cámara de fotos, caracterizaba al japonés frente al del país comunista.
Hoy ya no es así, ya que los chinos que nos visitan se han occidentalizado de tal manera, que hacen la distinción con el nipón complicada.
Tras un sorbo de café y un par de páginas en la lectura, ya con Protágoras, observo que ahora sólo hay sentada una oriental que teclea con paciencia, esperando alguna respuesta que le permita continuar la correspondencia. La compañera vuelve a aparecer en escena, ahora con dos vasos de agua caliente y sobres de infusión. Se sienta y susurra algo que su interlocutora responde con una sonrisa dulce y cómplice.
Sigo leyendo y me tropiezo con una cita del primer sofista que dice así: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son”. Empiezo a darle vueltas al asunto y me doy cuenta de que pierdo el horizonte filosófico: ¿a qué se refiere Protágoras con “el hombre”? ¿al colectivo humano o al individuo? ¿hemos construido la realidad que nos rodea a nuestra medida? ¿O somos producto resultante de una realidad prefijada y caprichosa?
Como no llego a ninguna conclusión, como suele pasar en filosofía, fijo mi atención en mis vecinas que ahora si conversan fluidamente aunque siguen con el auricular puesto. Hablan bajo y no logro oir más que susurros y sonrisas. Deben de estar viviendo un momento dulce, me dije.
Sigo sin comprender a Protágoras y busco un ejemplo práctico a mi alrededor: ahora me encuentro en la cafetería de una universidad que conozco y que relaciono personalmente con cierta red de sentimientos y objetos: por ejemplo descanso, relax, café. Para otros, la cafetería puede ser un espacio relacionado con otros sentimientos o valores que no tienen nada que ver con los míos y que influyen considerablemente en la percepción del mismo habitáculo. Por ejemplo, para la pareja de enamorados podría ser una isla de felicidad entre seminario y seminario, para el chico solitario y triste de enfrente, quizás un lugar donde tomar la decisión que cambie el rumbo de su vida y para el sexagenario a su lado un lugar donde ajustar las cuentas consigo y con su pasado.  Para las orientales quizás sea un lugar lejano que recordarán con nostalgia y con una sonrisa en los labios. Inmerso en estos pensamientos sigo reflexionando y me pregunto si el ser humano es capaz de reconocer la realidad como algo objetivo y absoluto que sea válido para todos en la misma “medida”, es decir una cafetería abstracta y estéril. Vierto una mirada a mi alrededor y observo ya con familiaridad a las orientales, al joven de enfrente, al sexagenario y al flujo de jóvenes que entran en el mismo escenario con un sinfin de  nuevas vidas y  percepciones que ofrecer. Bebo el último sorbo de café y me digo categóricamente: la verdad absoluta y objetiva de la realidad no es alcanzable para el ser humano...pero ni puta falta que hace.





martes, 24 de mayo de 2016

El anillo ( o la otra Venus de Ille)



El brillo vítreo azulado, profundo y misterioso de la piedra se le astilló en el corazón. Era la réplica pétrea de la pupila de su amada. El destello índigo y regio del precioso zafiro incrustado en el centro de la delicada lámina de oro enaltecía el anillo en medio de la jungla de piedras preciosas. Nunca fue una compra tan breve.

Salió rápido, casi sin despedirse de los empleados del lujoso establecimiento y  corriendo eufórico puso rumbo a su hogar para ultimar los preparativos del gran día. Tal fue su apresuramiento que decidió cruzar el parque botánico, a pesar de que empezaba a oscurecer.

El parque, como otros muchos parques de países con tradición colonial, era una bella exposición de árboles y plantas exóticas que había conseguido adaptarse al clima europeo. La luz rojiza de un sol cansado,  caía sesgada  desde el horizonte  dando un toque mágico al imponente  bosque artificial.

Luis de Guzmán andaba rápido a través del paisaje arbóreo, cuando atónito observó un majestuoso baobab africano que bajo la proyección de la luz crepuscular le pareció desproporcionado, irreal. Curioso contempló con asombro la belleza insólita que le rodeaba, hasta que su mirada, se posó en el blanco marmóreo del espectro que presidía el recinto.

El joven se asombró de la belleza de la estatua, nunca le había llamado la atención antes, pero en ese anochecer parecía haberse transformado todo, lo conocido pasaba a ser desconocido, lo evidente, fantasía.   La figura le pareció  en extremo delicada y frágil, la palidez de su mármol resaltaba el bello clasicismo que desprendía. La escultura inclinada se mostraba grácil  y parecía tremendamente ligera a pesar del pesado mármol. En elegante posición extendía levemente su  mano derecha abriendo sus delicados dedos como si algo de suma delicadeza intentara posarse en ellas. El rostro juvenil de alguna eterna diosa mostraba una mirada ausente, universal, imprimiendo  una ausencia de sentimientos,  o quizás, todos a la vez.

El conde de Guzmán observó durante unos minutos el rostro delicado de la escultura y preso de su belleza acarició con mucha ternura la fría mejilla hasta llegar a la comisura de los labios. Fue entonces cuando sintió  un escalofrío que le atravesó el cuerpo de punta a punta. Asustado se retiró bruscamente y confuso observó con detenimiento la figura. Una carcajada sarcástica le invadió e intentó convencerse  a sí mismo de que el nerviosismo de la inminente boda lo estaba volviendo loco y que tenía que calmarse y volver a casa.

Se propuso volver cuando un oscuro pensamiento invadió su raciocinio. Sacó de su bolsillo la elegante cajita donde reposaba el valioso anillo y lo sacó con mucho cuidado. El joven se acercó de forma ceremoniosa a la imagen marmórea. Con cierta sorna, reverencial y burlón  encajó el anillo en el largo y pálido dedo anular de la efigie, simulando lúgubremente lo que pocas horas después acontecería en el altar con su amada.

Cual fue su sorpresa cuando en vano intentó sacar el anillo del delicado dedo. Nervioso empezó a tirar del anillo con brusquedad, incluso temiendo partir el delicado mármol.
Incrédulo, confuso y enfadado por su propia estupidez, decidió marcharse y enviar al amanecer a un criado que lograse sacar el anillo con alguna sustancia lubricante para liberar al precioso zafiro de su prisión marmórea.

Fue el día más feliz de su vida. La ceremonia religiosa había consumado el enlace: la mano de Inés le había sido dada por su padre el viejo Conde de Niebla;  ahora además de poseer una de las fortunas más grandes de España, poseía a una de las bellezas más singulares del territorio peninsular.
Después de la suntuosa cena, el baile y un sinnúmero de compromisos familiares, el joven recién casado se tomó un respiro en el balcón del palacio para fumarse un cigarrillo y airearse de todo el tumulto nupcial.

Fue entonces cuando volvió a acordarse del anillo y de su absurda pérdida. Recordó las palabras entrecortadas y jadeantes del criado, que le aseguraba entre mil disculpas que el dedo de la estatua no estaba extendido como él mismo le describió, sino encogido, y la mano no era más que un puño cerrado que aprisionaba el anillo precioso. La presencia policial en el recinto lo contuvo de romper el mármol. Apresurado por el tiempo fue a la joyería para comprar el anillo que más se asemejara al original.

Eso ahora no importaba, el falso anillo había cumplido su función y esta historia absurda no debía ensombrecer el día más importante de su vida. Apuró el cigarrillo, sacó el reloj de bolsillo y con una mueca de felicidad se apresuró a buscar la piel tersa y dulce de la recién casada.   

Al amanecer, un estremecedor  ruido de sirenas invadió la vieja ciudad de Niebla. Un viejo comisario de policía se ajustaba el cinto antes de salir ante los medios de comunicación que como hormigas se amontonaban tras la rejas de la mansión de los condes. Con una voz tranquila y clara, de oficio, confirmó la aparición de los cuerpos sin vida de los recién casados,  Luis de Guzmán e Inés de Niebla.

El ruidoso murmullo de los periodistas enmudeció al comisario que paciente esperó hasta que un hilo de calma le permitió continuar para añadir de que habían sido brutalmente golpeados con algún objeto pesado. Dicho esto y cumpliendo con su obligación se giró dispuesto a irse cuando un periodista entre la multitud preguntó curioso si habían detenido a algún sospechoso.

El comisario se giró tranquilamente y tras dudar un instante añadió que había un sospechoso,  un empleado de la casa que parecía haber enloquecido en el interrogatorio al relacionar en una historia perturbada, el anillo ensangrentado que apareció delante de la cama con una estatua de mármol.


Haciendo un mueca burlona y ajustándose el chaleco, el comisario se dio la vuelta para perderse en la niebla del jardín de la mansión de los Guzmán.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Virgilio y el dragón del Moscova


Un sudor frío y esquivo recorría la frente febril del chico mientras su cuerpo, inmerso en movimientos convulsivos sobre la cama empapada,  intentaba en vano despertar de una pesadilla de la que, desesperado, sabía que no podía despertar.  Apretando los párpados con todas sus fuerzas y aplastándose la cabeza bajo  la almohada  intentaba desaparecer de una vez para siempre.  Los vómitos no le habían aliviado ni una pizca la fatiga que, cual mano de acero, parecía apretarle la boca del estómago despiadadamente. La habitación le daba vueltas como si estuviera en un carrusel  que gira impulsado por la mano de algún fauno caprichoso. Los gritos y los golpes detrás de la puerta habían cesado y un portazo dio paso a un sollozo silencioso que impregnaba el aire de dolor, impotencia y una infinita tristeza.
Sergej salió corriendo de la habitación y empezó a abrir puertas hasta que encontró a su madre sentada en el suelo de la cocina con la cabeza apoyada levemente en la pared. La nariz le sangraba estrepitosamente y el pómulo derecho inflamado enmarcaba una mueca de dolor y de frustración que  al ver al chico se transformó en rabia y en un ensordecedor grito que ordenaba  que se fuera a su habitación de inmediato.  
El chico, fuera de sí, dio un puñetazo a la puerta con todas sus fuerzas. Entonces  un dolor agudo  atravesó su brazo hasta expandirse por todo el cuerpo. Lleno de ira  corrió y corrió lo más rápido que pudo en un intento de alejarse de la pesadilla que lo martirizaba sin piedad, lejos de su madre, de su padre y de si mismo.

La voz ronca y grave invadía poderosamente el sótano. El Doktor H era alto y corpulento. Una larga cicatriz recorría el rostro severo y maduro del moscovita que vestido de negro riguroso y con paso firme, casi militar, caminaba de un lado a otro del sótano.  Las paredes negras estaban cubiertas de placas y banderas cargadas de simbología nacionalsocialista. Un retrato en blanco y negro de Adolf Hitler presidía el habitáculo.   

_  Hoy más que nunca tenemos que permanacer juntos, compañeros. Vivimos en una sociedad contaminada y enferma, donde el capitalismo despiadado dirigido por los judíos americanos, nos gobierna y manipula. Su eterna avaricia y codicia nos domina y continúan ávidamente con la pretensión de eliminar de la faz de la tierra al pueblo originario y verdadero que tiene la divina misión, por su pureza y predisposición natural, de gobernar y depurar a la humanidad para asegurar así su supervivencia. Esta es nuestra misión compañeros, tenemos que continuar la labor por la que nuestros consanguíneos alemanes gloriosamente  lucharon.
El fuerte aplauso no logró perturbar la mirada profunda y contundente que el Doktor dedicaba a la masa de público adolescente que al unísono,  levantando y extendiendo el brazo derecho gritaba reiteradamente Heil Hitler. El Doktor H con una mueca de satisfacción  y con las manos cruzadas en la espalda desapareció por una puerta lateral como el actor de teatro que se marcha satisfecho de su actuación.  Poco después salió la masa juvenil del sótano y por grupos, diferenciados por brazaletes con distintivos nazis,  se repartieron  en diferentes habitáculos laterales. Cada grupo formaba una sección dirigida por un líder que era responsable del seguimiento y control de los componentes del grupo.

Sergej bromeaba dándole golpes a la nuca afeitada de Micha, su mejor amigo, cuando un portazo anunció la entrada en la habitación de Igor, el líder de la sección. La luz tenue y triste de las bombillas de bajo consumo iluminaban los rostros imberbes de los chicos, que atentos observaban la figura enorme y obesa del hombre que tomaba asiento, no sin dificultad,  con un periódico bajo el brazo. Igor con una mirada inquisitiva, comprobó  concienzudamente que todos los miembros de la sección estuvieran presentes y con parsimonia se colocó un cigarrillo entre los casi invisibles labios y abrió el periódico señalando con el dedo la foto de un joven que encabezaba un artículo de la contraportada. El artículo sensacionalista ruso informaba con asombro y no sin cierta sorna, que el ministerio de cultura francés había otorgado el premio de libertad crítica  al bloguero moscovita Alexander Petrov  por su compromiso por la libertad y defensa homosexual en Rusia. Con un gesto de indignación se dirigió al grupo y con firmeza preguntó si alguien conocía al tal Alexander que según el artículo residía en la capital rusa. Nadie reaccionó. Tras una larga calada al ya casi extinto cigarrillo, el líder de la sección 88,  gritó la palabra ¡voluntarios!, no tardaron en levantar la mano varios militantes que desafiantes se ofrecían entre gritos de ¡escarmiento! ¡castigo! ¡pureza!  Igor, como si no escuchara  el griterío, observó con detenimiento la colilla que aplastaba concienzudamente contra el cenicero , levantó la vista con sus diminutos ojos hacia al grupo de chicos  excitados y sin inmutarse se levantó y abandonó la habitación. La suerte estaba echada y se esperarían los resultados.

No era la primera vez que iban a actuar de forma violenta contra homosexuales. La última vez fue hace unos meses cuando consiguieron a través de una web de contactos quedar con un chico en un suburbio a las afueras de Moscú. El chico terminó hospitalizado después de estar tres días desnudo, amarrado y haber sido sodomizado y golpeado con diferentes objetos. Nunca se abrió una línea de investigación seria.  Los autores de los hechos  nunca fueron acusados y varios de ellos formaban aún parte de la sección 88. Sección HH en el alfabeto: Heil Hitler.

Un teclado y una pantalla de grandes dimensiones, latas de cerveza y dos ceniceros llenos de colillas, una cama desecha, unas botas Dr. Martens  junto con camisas, pantalones desperdigados y varias cajas vacías de pizzas completaban el paisaje desolado de la habitación de Sergej. Micha tecleaba nervioso con un cigarrillo entre los dedos mientras canturreaba una canción inintelegible. Sergej sentado a su lado apuraba una lata de cerveza y observaba con el rabillo del ojo el comentario que su amigo escribía en el blog gay más famoso del momento, el arcoiris de Moscú.
Micha, alababa el último artículo en el que el autor, Alexander Petrov, alias Amanecer, criticaba la decisión política del Kremlin de prohibir la propaganda homosexual en todas sus facetas. La prohibición suponía un duro golpe legal a un movimiento que intentaba desde la caída del comunismo hacerse un hueco en un sistema democrático incipiente e inmaduro lastrado aún por rancias y conservadoras estructuras de poder. ¡Lo tenemos! grito Micha mientras golpeaba emocionado la cabeza rapada de Sergej. El autor del blog había contestado agradecido el comentario del artículo y  había añadido el avatar de los chicos  entre sus seguidores.  Ahora habían conseguido la vía de comunicación necesaria, sólo quedaba esperar y ganarse su confianza a través del chat para llevarlo a la trampa mortal. Sergej empezó a teclear su móvil nervioso para comunicar a los camaradas del éxito de su estratagema con una sonrisa malévola dibujada en los labios.


Un cielo gris enmarcaba un paisaje urbano sin sombras. Desde la ventana de la habitación de Sergej sólo se divisaba un montón de tejados derruidos donde decenas de gatos se paseaban alegremente entre basura y restos de tejas que formaban un paisaje desolado por la miseria y la marginalidad.

Amanecer tiene un mensaje para ti.
El sonido enlatado de una campana virtual despertó a Sergej que tumbado en la cama, malhumorado y aún vestido de calle se apretaba la cabeza  con las palmas de las manos en un vano intento de aminorizar el dolor que como un martillo le golpeaba  las sienes sin piedad. Un cuarto de hora después se levantó, bebió el último sorbo caliente de una lata de cerveza, encendió un cigarrillo y se acercó a la pantalla del ordenador.
Buenos días Lambda 88, quería agradecerte el comentario que hiciste de mi artículo “el viento a favor“. Como te habrás dado cuenta me han vuelto a bloquear el blog, pero no te preocupes en breve lo volveré a activar. Bueno, quería saludarte y animarte. Que sepas que somos muchos y ¡que seguimos luchando! un abrazo. Amanecer.
- Maricón de mierda. Sergej se acomodó en la silla y al apurar el cigarrillo empezó a toser, la garganta le quemaba terriblemente, habían sido demasiadas las cervezas y los cigarrillos, necesitaba comer algo. Paso la mano por la pantalla para quitar la saliva que deformaba las letras y se puso a escribir.
- Gracias Amanecer por tu mensaje. Me alegra saber que sigues escribiendo y defendiendo nuestra causa en este país de mierda.  Esta injusticia y persecución a la que estamos sometidos no debe mermarnos, unidos podremos un día ser libres y manifestar nuestra condición sin miedo. ¡Gracias!, ¿por cierto vives en la capital? Me gustaría conocerte personalmente.
- Sí, pero como comprenderás tengo que mantenerme en el anonimato. Tú, por tu seguridad, tienes que ser también cauto porque pueden estar controlando nuestros mensajes, no lo olvides.
Sergej con una mueca de frustación se muerde el labio inferior y echa una mirada pensativa al cielo gris a través de la sucia ventana. En ese momento un tremendo golpe abre la puerta de par en par,  el chico con el corazón en un puño y  tembloroso se giró lentamente.
-¿Qué cojones haces todavía aquí? ¿por qué no estás en el taller? La voz grave y rota pertenecía a su padre que, amenazador,  se asomó desnudo tras el marco de la puerta cubierta al completo por su enorme figura.  Sergej se apresuró a terminar de escribir cuando un manotazo en la espalda arrojó al chico al suelo. Acurrucado en forma fetal y con las manos sobre la cabeza, cerró los ojos con todas sus fuerzas en un vano intento de desaparecer.

El ojo derecho no podía abrirlo y  la sangre seca de la nariz le impedía respirar con naturalidad.  Después de varios intentos, Micha seguía sin responder al móvil cuando un movimiento ligero e insonoro desvió la vista de Sergej hacia la ventana; unos intrépidos ojos verdes lo observaban  con curiosidad y detenimiento. Sergej se acercó y acariciando al felino lo tomó en brazos, acercó su dolorido rostro al lomo caliente y suave del gato y sintiendo un profundo alivio permaneció así durante varios minutos.
Un sonido metálico anunciaba la llegada de un mensaje.
- Hola Lambda 88, ¿cómo estás? Espero que bien. Sabes, hoy he soñado contigo, ¿qué curioso, no? No te conozco de nada, pero, no sé, algo me dice que eres un ser especial. Un abrazo.
- ¿qué has soñado?
- Algo extraño. Tú estabas en la entrada de una gruta oscura y misteriosa. Con una mirada azul como el cielo  me invitabas a entrar, como un Virgilio en las profundidades de los infiernos. ¿tienes los ojos azules?
- Pero ¿cómo sabías que era yo?
-¿tienes los ojos azules? ¿sí o no?
- Sí. Sergej mentía.
- ves, lo sabía. De tu aspecto físico no recuerdo nada pero sí del aura que te envolvía. Me recordó tu forma de escribir.
- Bueno y ¿qué paso?
- Al acercarme a la gruta me diste la mano y el calor que sentí me dió una seguridad indescriptible, no temí ni un momento. Entramos juntos.
- ¿y qué paso después?
- después de andar un rato a oscuras, llegamos a una inmensa pradera. En el centro nos observaba amenazante un dragón terrible. Cruzamos la pradera como si nada.
-¡Qué sueño tan raro! ¿Y adónde llegamos?
-No sé porque me desperté. Bueno, querido tengo que irme, ya hablaremos. Un abrazo.  Amanecer.

Micha reía a carcajadas mientras leía el diálogo. Acarició la cabeza afeitada de Sergej y burlón se acercó para besarlo.
- Lambda, dame un besito, amor.
Los dos se golpearon entre carcajadas, hasta que Micha se retiró para encenderse un cigarillo.
-Cabrón lo tienes en el bote. Ahora tienes que quedar con él, pero rápido. Ayer me llamó Igor preguntándome cómo iban las cosas, el doktor H quiere una respuesta rápida ahora que los medios están tratando el tema con tanta insistencia. Y ya sabes que al jefe no le gusta esperar. Tenemos que darle una lección a ese maricón de mierda que sirva de ejemplo a toda esa gentuza enferma que trata de contaminarnos. Así que tú verás. Micha salió de la habitación y Sergej tuvo un sentimiento de malestar. Habían pasado  casi cuatro semanas desde el primer chat y en la  última semana había pasado horas diarias escribiendo con el autor del arcoiris de Moscú. Se pasaba el día esperando el sonido metálico del timbre de aviso de correo. Había encontrado, sin quererlo, a un confidente con el que compartir sus miedos y sus frustraciones. Por primera vez se sentía aceptado como es, sin tener que recurrir a ninguna  ideología ni simbología aglutinadora alienante. Para Amanecer, Sergej trascendía lo físico, como éste le había definido, era la consumación platónica de la otra mitad errante, el alter ego. El chico  estaba confuso, no sabía qué le estaba pasando. Poco antes de llegar Micha había borrado  toda la correspondencia de la última semana por miedo a que  sospechara de él, lo que le costaría sin duda muy caro dentro de la sección. Los compañeros de la sección había significado todo para él en el último año, ellos fueron su refugio y su razón de ser. El vacío familiar, las frustraciones y los miedos los había transformado en la rabia y violencia necesarias para alcanzar el bien común de la sección, donde el bien individual subyace necesariamente ante el bien y el fin del grupo.

Sergej no pegó ojo esa noche. Un débil haz de luz anunciaba el alba contrayendo la dilatada pupila del joven, el cual, terriblemente agotado cerraba irremediablemente  los pesados párpados. La decisión estaba tomada.

- buenos días Amanecer, ¿cómo has dormido? Espero que bien. Siento no haberte podido escribir en estos dos últimos días, he tenido problemas con la conexión. Te he echado de menos.
- No te creo. Podrías haber ido a un Cyber por lo menos para que no me preocupara ¿no? lo he pasado mal, pensé que te había ocurrido algo.
- Lo siento, no pensé en ello. He tenido problemas aquí en casa, ya sabes, y he esperado a que pasara la tormenta.
- Está bien, no te preocupes. Por cierto ¿cómo te va en el taller? ¿Te sigues encontrando a gusto?
-Sí, sí. El mes que viene empiezo un cursillo de mecánica, parece que el jefe se empieza a fiar de mí.
-  ¡Eh fantástico!, me alegro muchísimo, ¡qué bien!
- Oye amanecer, quiero agradecerte la confianza y el apoyo que me has ofrecido en las últimas semanas. Sin ti no hubiera salido del agujero en el que me hallaba. ¡gracias!
- no empieces con sentimentalismos, que me pongo a llorar…
- tengo una propuesta ¿?
- No.
- Sí, por favor. Aunque sea para un cafelito…
- ¡No! ya sabes que esa es una regla de oro. Corremos el peligro de perder todo lo que hemos construido hasta ahora. Esta amistad ¿? es lo más valioso que tengo hasta ahora, Lambda 88. No lo echemos a perder.
-  Presiento que todo va a ir a mejor, por eso me encantaría poder verte. Por favor, ¡solo una vez ! Sabes que mi intuición nunca me ha engañado…
- mhhmmhmhmh
- por favor…
- De acuerdo, pero sólamente bajo mis condiciones.
- ¡Hecho!

La larga sombra de los cipreses invadía el enorme recinto del parque Gorki en las cercanías del centro de Moscú. Algunas aves se posaban a la carrera en el tranquilo cauce del río Moscova mientras algunas parejas aprovechaban la débil luz del atardecer para buscar ángulos muertos de intimidad.  Alexander Petrov, llegó intencionadamente con retraso. Se cercioró de no ver nada sospechoso a las afueras del recinto y entró  en el vestíbulo del lujoso restaurante a la ribera del río Moscova. Un camarero sonriente se inclinó amablemente con la intención de tomar su abrigo. Desde el ventanal del guardarropa observó Alexander con detenimiento a todos los que cenaban en  la sala Katharina. Sólo dos jóvenes se encontraban solos en una mesa. Uno, elegante y apuesto, miraba tranquilo a través de la ventana; el otro, calvo y también elegante, miraba algo nervioso la carta del menú. Tras mirar con detenimiento y analizar sus gestos se decidió, conteniendo como pudo los nervios, por el chico de la ventana que en la distancia se asemejaba más a su imagen mental de Lambda 88. Se proponía  dirigirse hacia la mesa cuando de repente una chica joven inesperadamente se interpuso  en su camino y se dirigió directamente  al chico de la ventana. Alexander aliviado pero algo incómodo se dirigió hacia el otro chico que, diríase instintivamente, se dirigió hacia él dedicándole  una bonita sonrisa. Micha irradiaba una mirada azul de bienvenida.

La oscuridad había invadido el parque Gorki y sólo la senda central del recinto quedaba débilmente iluminada con los reflejos amarillentos de las viejas farolas modernistas. A poco más de quinientos metros, allá donde el Moscova forma un elegante meandro estaba todo preparado. Los chicos de la sección habían traído todo lo que iban a necesitar, cadenas, palos de béisbol, puños de acero y esposas. Igor se había puesto de acuerdo con los vigilantes del parque y éstos no iban a dar problemas, la decisión estaba tomada y Alexander Petrov tenía que sufrir un castigo ejemplar para erradicar la homosexualidad por lo menos en la capital moscovita: el martirio sería grabado y publicado en las redes sociales, su propagación por el mundo sería cuestión de minutos. Su cadaver con lastre  tenía que desaparecer para siempre en los lodos fluviales del río Moscova.

Dos sombras recortaban la tímida luz amarillenta del parque. Los chicos de la sección se prepararon y se escondieron detrás de varios bancos. En el ambiente cargado de humo y alcohol, se masticaba un paciente nerviosismo. Las sombras iban tomando tonos de nitidez a medida que se acercaban y la figura alargada, elegante  y débil de Alexander se aproximaba en compañía de la de Micha que, visiblemente inquieto, buscaba la señal de los verdugos. Saliendo de la nada el grupo de unos diez jóvenes vestidos de negro se interpusieron en el camino con todo tipo de armas blancas. En ese momento la obesa figura de Igor apareció en un lateral con un bate de béisbol, se acercó al grupo ajustándose las tirantas del pantalón y le lanzó el bate a Micha, que con una sonrisa burlona se adelantó, dejando solo a Alexander. La voz ronca y fúnebre del obeso anunció a Alexander entre insultos homófobos que estaba acabado.
El pánico inundó su cuerpo y la cara desencajada del chico produjo carcajadas entre los verdugos que con burlas e insultos caldeaban un ambiente esperpéntico. Igor agarró el bate con las dos manos e hizo el amago de acercarse al chico cuando éste en un último intento de supervivencia se giró y empezó a correr con todas sus fuerzas. Los jóvenes  hambrientos de sangre salieron  detrás de él. Uno de ellos lanzó una pesada y larga cadena de acero que se enredó fatalmente entre los pies de Alexander, tirándolo al suelo bruscamente. El joven se golpeó la cara fuertemente  con el suelo y empezó a sangrar sin saber exactamente de donde. El grupo de adolescentes alcanzó al chico, y a pesar de la violencia que radiaban por los ojos, esperaron obedientes al gordo Igor que corría medio asfixiado mordiéndose los labios preparado para dar el primer golpe al cuerpo yacente del joven indefenso.

Un tremendo estallido paralizó al gordo, que confuso, empezó a mirar en todas las direcciones mientras el resto de la sección desorientado, se giró  hacia el líder sin saber qué hacer. Una sombra surgió  de la nada. La sombra empuñaba una pistola  y a medida que iba acercándose, iba definiéndose la figura de alguien que conocían todos muy bien. Los chicos de la sección lo observaban incrédulos. Sergej paso ante la mirada inquisitoria de Igor y sin perder de vista sus pequeños ojos le golpeó con la pistola con todas sus fuerzas sobre la cabeza. El líder de la sección 88 dió un alarido de dolor y cayó de rodillas  cubriéndose la cara dolorida con las manos. Un reflejo dejó adivinar varios hinchazones en el rostro de Sergej y una escayola del brazo izquierdo, secuelas del castigo que el propio Igor le había propinado unos días antes al intentar desertar de la sección.


Con una dulce sonrisa en los labios se acercó Sergej  a Alexander, bajo la mirada atónita de los presentes. Éste aún sentado en el suelo, contemplaba a Sergej como a un ser de otro mundo. Sergej le ayudó a levantarse y le besó suavemente en la frente. Cogidos de la mano se fueron alejando entre la tenue luz amarilla de las tristes farolas del parque Gorki, hasta desaparecer por completo bajo la densa niebla del río Moscova.